BORRÓN Y CUENTA NUEVA

POR: GUSTAVO TREVIÑO SALINAS

A unos cuantos días de iniciar el año escolar 2008 – 2009 se ponen nuevamente sobre la mesa del análisis los objetivos sectoriales que se demandan para el sistema de educación básica en el estado de Nuevo León. En una tendencia universal donde la fijación de metas en los sistemas educativos tienen que ver con la calidad, la evaluación como mecanismo estratégico de control se vuelve imperativo, y es, por tanto el elemento dominante en los actuales sistemas de planeación.
Sin embargo, la evaluación, como emisión de un juicio, se entiende con frecuencia simple y equivocadamente que solo tiene relación directa con las metas y pocas inferencias se hacen al momento de diseñar sus instrumentos y analizar los resultados de su aplicación para evaluar el mismo proceso del que forma parte.
Si compartimos la concepción sistémica de los procesos de evaluación, estoy convencido que estaremos de acuerdo que en el Estado hay riesgos que no debemos correr, veamos algunos:
Que el previsible examen de selección de aspirantes a ocupar las nuevas plazas de docentes de educación básica solo tenga carácter delimitador del acceso al empleo.
La evaluación de las capacidades docentes de los aspirantes debe derivar en mecanismos de control y ajuste académico de las normales de procedencia; orientar las alternativas de capacitación y actualización de los docentes en activo y formalizar alternativas de mejoramiento de los jóvenes eventualmente rechazados para no marginarlos de manera definitiva del desempeño de una profesión para la cual le fue expedido un título y cédula profesionales, entre muchas otras variantes.
Que las metas a largo plazo establecidas por el Secretario de Educación, Dr. Reyes Tamez, sobre todo las que tienen que ver con el logro de indicadores que nos ubiquen al parejo de los países más desarrollados del mundo sigan haciendo que nos olvidemos persistentemente de aquellos pequeños propósitos, pero que se magnifican por su estrecha relación con la formación para la vida que es el sentido que le da congruencia a la actividad escolar.
Cuando se dispondrá que la tienda escolar distribuya primordialmente alimentos que nutran y no agraven el alto índice de consumo infantil de azúcar y otras sustancias que solo hace que nuestros niños y jóvenes sean más proclives al desarrollo de la obesidad y otras enfermedades y hábitos que pueden deteriorar de manera importante su calidad de vida.
Cuando se generalizará por convicción y por norma que las escuelas sean modelo para el uso racional de la energía, el agua, la reducción, el reciclaje y confinamiento adecuado de la basura, en fin, de todas aquellas sencillas prácticas que nos permitirían mejorar nuestra convivencia entre nosotros y con la naturaleza.
Cuando será posible que se norme que la pintura usada en nuestros edificios escolares no contenga plomo. Todos sabemos los efectos adversos de este metal para la salud y las potencialidades que tienen que ver con el conocimiento.
La lista podría ser muy grande. Pequeños detalles, grandes olvidos. Negligencia atenuada por la costumbre. Ingredientes ausentes de la evaluación institucional.
No hay producto final que no se construya paso a paso. Más aún, en la educación, los productos finales no existen. La simulación en las manifestaciones sobre la calidad y la evaluación educativas debe ser desterrada.
El 18 de agosto iniciará la cuenta regresiva de los 200 días del ciclo escolar. Esa sensación casi instintiva de borrón y cuenta nueva nos abre ante la oportunidad de ser mejores. Ojala la autoridad educativa actúe en consecuencia

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